Galartija Blog

Universo de libros, lecturas y pensamientos.
Bienvenidos a este nuevo espacio de promoción e intercambio.

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Libros de cuentos para niños y niñas con dislexia



 Basilisa es una editorial independiente que diseña libros de cuentos accesibles para niñas y niños que tienen dislexia, dificultades lectoras o estén aprendiendo a leer.  Sus innovadoras adaptaciones, en la forma y el contenido, facilitan la lectura para que los niños disfruten y, a la vez, mejoren sus habilidades de fluidez y comprensión de textos.



La editorial nació para dar respuesta a una necesidad real de muchos niños y niñas que tienen dificultades lectoras. Su principal objetivo, es que puedan disfrutar de la literatura de forma fácil y autónoma, con libros que poseen historias acordes a los intereses de su edad cronológica. En el diseño participan profesionales y expertos en lectura de Uruguay y España.



“A los niños y niñas con dislexia les encanta las historias fantásticas, sin embargo su edad lectora está por debajo de sus edad cronológica, por lo que no pueden acceder de forma autónoma a los libros que estén acordes a sus intereses”



Su primer título, Milo y Manú, es un conmovedor relato escrito en dos partes, definidas por el aumento de su complejidad.  Cuenta la historia de Milo, un pequeño cocodrilo que debe abandonar la seguridad de su río para ir en busca de la luna, y la historia de Manú, un niño de la Patagonia que acompaña a su madre a la selva de Papúa y vive experiencias que lo harán crecer.  Miedo e incertidumbre, son algunas de las emociones que van a sentir los queribles personajes, antes de descubrir la alegría en un final sorprendente. 



Se trata de un libro- ilustrado con imágenes de un alto valor descriptivo. Su estilo acompaña el texto con imágenes conmovedoras, pensadas para despertar la curiosidad del niño y las ganas de leer.  La historia intenta provocar la generación de preguntas en el lector y aportar conocimientos enriquecedores, por eso se desarrolla en la selva de Papúa Nueva Guinea y en la Patagonia, dos lugares que tienen gran diversidad biológica y cultural.



La principal adaptación del cuento está dada por el uso de textos de baja complejidad lingüística. Para esto se realizó una minuciosa selección de palabras, conformadas en su mayoría por una estructura silábica “amigable” con la forma de leer de los niños con dislexia. La tipografía es de tamaño visible e interlineados y márgenes amplios, colocados sobre fondo blanco. El uso de relieves y texturas, da lugar al aporte sustancial de la estimulación multisensorial en el desarrollo cognitivo del lector.



La versión para profesionales contiene, además, una Guía de Mediación que permite utilizar el cuento como instrumento terapéutico. Con esta guía se pretende trabajar en la zona de desarrollo próximo, permitiéndole acceder a la lectura y desarrollar habilidades lingüísticas.



La editorial ya está trabajando en su próximo título y muy pronto será publicado. Se espera diseñar una colección de seis títulos y en 2019 realizar  una investigación científica, para probar en qué medida mejoran la fluidez y comprensión lectora de los niños y niñas con dislexia.

 
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Algunos clásicos en manos de Gabriela Mistral



Entre 1924 y 1928 Gabriela Mistral escribió una serie de relatos en verso, inspirados en los cuentos de Perrault -Caperucita Roja, La Cenicienta, y La Bella Durmiente del bosque- y en Blanca Nieve en la casa de los enanos, de los hermanos Grimm. Casi un siglo después Editorial Amanuta, desde Chile,  los publica, demostrando la vigencia poética de los textos, acompañados de impecables ilustraciones de Bernardita Ojeda, Paloma Valdivia, Carles Ballesteros y Carmen Cardemil. Agrega, además, en cada uno de los libros, un profundo análisis de Manuel Peña Muñoz, que establece coordenadas entre el momento en el que fueron escritos -y publicados en la prensa- y el momento de hoy; detalles que podrían pasarse por alto en una lectura rápida, vínculos con fragmentos de la Biblia, guiños en los que el oro es reemplazado por el cobre, por ejemplo, dándole a la rescritura de La Cenicienta un carácter americanista o bien, la mención de Caperucita cuando se narra La Bella durmiente, aludiendo a que en el bosque es el mismo en ambas historias, y tejiendo entonces una red que incorpora los diferentes relatos como fragmentos de un mundo complejo y vital, presente en nuestra imaginación. Lógicamente, por el vínculo al Modernismo de la autora, hay lugar para lo exótico y un interés de buscar la belleza del lenguaje línea a línea.



Caperucita Roja está escrito en endecasílabos con rima consonante en los versos pares. La musicalidad que alcanza siguiendo la versión original endulza con su vaivén rítmico. Cierta amargura fiel al original en versión de Parrault, espera al final del texto: sin embargo la belleza expresiva logra que el momento en el que el lobo devora a la niña tenga una hermosura singular: “y ha molido las carnes, y ha molido los huesos / y ha exprimido como una cereza el corazón…” Las ilustraciones son de Paloma Valdivia, que reinterpreta el texto resignificando y dándole nuevas miradas a la historia. Este libro obtuvo varios premios internacionales entre los que destacan: Mención de honor Bologna Ragazzi Award 2014, The White Reavens 2013.



La Bella durmiente del bosque, Blanca Nieve y La Cenicienta están escritos en versos octosílabos, la medida silábica más empleada en el idioma español, utilizada en gran medida en la música popular, en décimas espinelas, coplas, o cuartetos. En este caso la rima es asonante en los versos pares, remitiendo a la estructura de los romances o de gran parte de las nanas. Las ilustraciones en cada caso tienen una impronta personal y dialogan con el texto dándole vida a cada uno de los libros. También han sido premiados estos libros con mención en el Bologna Ragazzi Awards y en el New Horizons.



Si tomamos en cuenta que la Poesía también es conocida como La Cenicienta en términos editoriales, que últimamente los editores apunten a la publicación de textos en verso, y como es el caso, con el pulso firme y el manejo estilístico de Gabriela Mistral, es un síntoma de buena salud. Si además estos trabajos tienen cuidadas ediciones e ilustradores de alta calidad detrás, no se puede pedir más que salir a buscarlos y tenerlos a mano.



El rey renovó el convite

para la noche cercana.

Y las ogresas partieron

en su carroza escarlata.

Y la pobre Cenicienta

en torno al fogón quedaba;

Del fogón iba a la puerta,

empinadita del ansia.



 

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Joaquín Torres García. Arte en construcción

  Joaquín Torres García. Arte en Construcción



(…) sé muy bien que don Joaquín Torres García, que no está en ningún lado, se encuentra pintando y maldiciendo, siempre sonriente en el fondo, en algún círculo que Dante olvidó para refugio de  santos y profetas, escribió Onetti en sus “Infidencias sobre Joaquín Torres García”. Pensar a Torres García en un círculo, aunque sea de Dante, me parecie una referencia geométrica simpática. Onetti lo imaginó pintando, activo como su obra que sigue produciendo efectos: acaba de salir un libro dedicado al gran pintor, profesor, escritor, escultor y teórico del arte, donde ocho escritores -cuatro uruguayos y cuatro argentinos- escribieron un relato cada uno a partir de un cuadro o de juguetes creados por el artista.Joaquín Torres García. Arte en Construcción”, es el quinto título de la Colección Pintá tu aldea, de la editorial Calibroscopio. La colección se propone acercar la vida, la obra y los mundos trazados por artistas de Latinoamérica, a niños y niñas.



Walter Binder, editor, dice que la pasión por el juego, por la creación, por la apertura a diferentes miradas y construcciones, es la que delineó la propuesta para este libro que dedican a la obra de Torres García: pensamos que así la idea de Joaquín mantiene toda su potencia, recreándose y creciendo en nuevos imaginarios.  



De este juego surgieron ocho relatos: en algunos aparece el mismo Joaquín, en otros la referencia a los cuadros, en muchos hay peces, colores y  figuras geométricas.  



 Pueblo, el primero, fue escrito por Eduardo Abel Giménez quien se inspiró en la obra: “Pueblo numerario”, óleo sobre madera (1927). Las casas se mudan en la noche para sorpresa de sus habitantes, que montan guardias. Un día las casas aparecen en hilera; otro día, medio apiladas; otro más, formando un círculo. Hasta que se devela el misterio y el pueblo cambia sus hábitos.



Horacio Cavallo elige escribir una carta que un niño dirige a su abuela. Le cuenta los juegos que inventan en familia una noche de apagón. El relato ¿Por qué esas caras? surge de la mirada sensible de la obra “Olimpia, Augusto e Ifigenia”, óleo sobre cartón (1919). Más tarde a papá se le ocurrió el juego de los cuadros. Lo que hace -cuando hay luz, claro- es buscar un libro que tiene pinturas de como mil pintores diferentes de todos los tiempos. Cuando encuentra un cuadro donde hay tres personajes  -pueden ser árboles o animales también- Camila, Lucía y yo, tenemos que representar esa imagen con el cuerpo: tronco de sauce, cara de toro, gesto de viejito mirando girasoles…



Páginas del cuaderno “Dibujo escritura” (1933) fuero el puntapié inicial para El deseo único del hombre de azul en la casa cúbica del techo cónico, escrito por Didi Grau.  Hubo una vez en un pueblo asiático un hombre de azul que era muy geométrico y requeté metódico. Hacía muchos cálculos para dibujar círculos y también rectángulos, trazando los ángulos con un compás cósmico. Así comienza  este relato juguetón y sonoro, como el título. Cuenta una historia de amor, que se lee como un trabalenguas, llena de humor e ingenio.



“Ferroviario”, óleo sobre madera (1928) fue el elegido por Germán Manchado para escribir En el tren. Un hombre, un gallo y un perro, incomodan a los pasajeros de un tren. Las quejas por la presencia de los animales crecen hasta que, al entrar en un túnel, el hombre resuelve la situación de un modo extraño y mágico. (…) sacó de su bolsillo una suerte de lápiz de carpintero y comenzó a trazar en el aire, por encima de las cabezas de los animales, una combinación de cuadrados, triángulos, y esferas…



Iris Rivera escribe Soy yo, a partir de “Tres figuras  constructivas primitivas”, acuarela sobre cartón (1937). Soy yo dice la vaca, que es todas las vacas, al verse en el cuadro. Las mujeres, los hombres, los peces, los rastrillos y el sol; todos fueron llamados por Joaquín, el pintor, para ser retratados. El relato es una bellísima metáfora del universalismo constructivo y la búsqueda de Torres García de un lenguaje universal. Cuando todas las vacas de América y de África y de Asia y Europa y Oceanía fueron una sola vaca, Joaquín pintó esa vaca sola. Y todas las vacas se reconocieron en ella.



Mercedes Calvo eligió  “Constructivo piramidal”, fresco (1943), y escribió Sur. Título que señala la posición de pintor: “nuestro norte es el sur”. El relato, breve y potente, dice de las rupturas ideológicas que ofrece la creatividad. Un pez se escapa del anzuelo, del plato y los cubiertos, se escapa de los condimentos.

–¡Atrás! – gritaron las anclas haciendo chirriar sus cadenas.

–Que no puedo, anclas. Debo poner los mapas de cabeza, cortar maderas, hacer juguetes para los niños que sueñan.

El pez, abriendo las alas, también escapa del cuadro.

“Constructivo con calle y gran pez”, óleo sobre cartón (1946), es el cuadro que inspira a Magdalena Helguera para escribir Joaco. Un niño, que vive con muchos otros niños que comen arroz quemado y los cuida la Tía Cata, se sienta a contemplar un cuadro y fantasea su partida. Se irá en un auto de ruedas transparentes o en un perro de patas blancas y lomo rojo con cola amarilla. El pez lo llevará bien lejos por un mar lleno de estrellas y caracoles y caballitos sin patas, como el mar del libro que una vez les mostró la maestra.



El último es: El pintor y el pájaro de Laura Escudero, surgido a partir de “Nature morte”, óleo sobre cartón (1928). Un relato poético que cuenta del encuentro del pintor, un pájaro que vive en el patio de su casa, del viaje de una nube y sus recuerdos, el secreto de los cañaverales que viaja en una cuchara hasta la taza de café y el tiempo.

Por eso el pájaro canta.

Parado en la rama más alta del árbol en el patio de la casa del pintor, canta.

El pintor cierra los ojos.

Escucha.



El libro también incluye una galería de arte y una cronología.

Termina con una invitación al lector: (…) quizá te den ganas de dibujar, escribir o construir una obra tuya. Algo que a Don Joaquín, seguramente, pondría muy feliz.





Joaquín Torres García. Arte en Construcción (2018)

Editorial: Calibroscopio.

Colección: Pinta tu Aldea

Autores: Eduardo Abel Giménez,  Horacio Cavallo, Didi Grau,  Germán Machado, Iris Rivera, Mercedes Calvo, Magdalena Helguera y Laura Escudero.

ISBM: 978-987-3967-25-2
Otros títulos de la colección: “Mago Xul”, “Quintela, el pintor de La Boca”, “Molina Campos, cuentos que son de verdá”, “Cándido, pintor de la guerra infame”.

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Abuelos y abuelas de todos los tiempos

La presencia de las abuelas y los abuelos es todo un tópico en la Literatura infantil. ¿Qué sería de los clásicos sin la abuelita de Caperucita Roja? Muchos recordarán a “el viejo de los Alpes”, abuelo de Heidi con quien la niña vivió feliz en las montañas, alejada de la sociedad, y sin ir a la escuela. Uno de mis abuelos favoritos es Nicolás, el abuelo de Manolito Gafotas, un clásico de la literatura infantil española, escrito por Elvira Lindo. El hombre es un gran bromista, aunque se queja de la próstata. Es aficionado en invitar a todas las señoras con las que se cruza a tomar café, sale de aventuras con Manolito y es su mayor referente a la hora del diálogo.



Desde hace un par de décadas, la literatura infantil explora emociones y busca introducir temas tabú con la idea de acercar a los niños a situaciones que suceden a su alrededor y los afectan. En Un pasito y otro pasito de Paola Tomie (Ekaré, 2000), la enfermedad y la posibilidad de la muerte son tratadas a partir del vínculo afectivo entre un abuelo y su nieto. Una situación similar  desarrolla Mi abuela no es la de antes de MªJosé Orobitg i Della y Carles Ballesteros (Criatura, 2013) donde una abuela con Alzheimer va a vivir a casa de su hija y su nieta mientras la observa en sus nuevos modos de estar, se pregunta qué le pasa. Pero, en la mayoría de los libros los abuelos abren puertas al universo de la fantasía al alejar a sus nietos de la tecnología e introducirlos en juegos más rústicos, llevarlos a trabajar la tierra, conectarlos con las tradiciones, rodearlos de aromas a tartas de manzanas y comida casera.



En nuestro país, muchos escritores han ofrecido el lugar protagónico a los abuelos y las abuelas. En La cartera de mi abuela escrita por Magdalena Helguera, con ilustraciones de Verónica Leite (Alfaguara, 2010), la niña de la historia se sorprende al descubrir lo enorme que puede llegar a ser el interior de la cartera donde su abuela guarda tantos universos como la galera de un mago. La novela ¿A qué jugabas, abuela?, de Ignacio Martínez (Planeta, 2013), nos ubica en una escena familiar, un día de lluvia, momento en que surge la pregunta y la abuela cuenta a sus nietos las aventuras que vivió de niña.



Este mes, se publicaron dos bellísimos libros: Besitos, de Virginia Brown, con ilustraciones de Mauricio Marra (Alfaguara) y Mi abuelo niño de Horacio Cavallo, con ilustraciones de María Canale (Alfaguara). Ambos textos crean una atmosfera de ternura.

En Besitos, Laura visita a su abuela Carmen todos los martes. Ese día se vuelve especial: la niña se encuentra con el aroma a pizza, aprende a trabajar la tierra con un tenedor, admiran una planta que llaman ”besitos” por la forma y textura de sus hojas, toman el té juntas, bromean cómplices y se abrazan. En la tapa del libro, en tonos cálidos, vemos a Carmen y Laura envueltas en un abrazo amoroso. Ambas sonríen con los ojos cerrados. El pelo de Carmen es una gran nube blanca. Un martes, la mamá de Laura le cuenta que Carmen está enferma y la lleva con ella a clase de pintura. Laura pinta para su abuela. Días después Carmen muere, su madre le cuenta y lloran juntas. Es bello encontrar a los adultos llorar junto a los niños cuando todos están tristes. A partir de entonces Laura pinta a su abuela y todo lo que extraña de ella. El final es reparador, nos dice que acompañados el dolor es menos doloroso, que los objetos de los seres queridos y todo aquello que aprendemos junto a ellos nos acompañará y será nuestro.



El texto de Horacio Cavallo es poético y preciso. No sobra ni falta una palabra, nos conduce renglón a renglón por los pensamientos de un niño que sube al techo y descubre una nueva perspectiva, como aprender a mirar de nuevo. Desde allí observa a su abuelo en detalle y escucha su canto que lo transporta a la cubierta de un barco. Cavallo nos invita a viajar en el tiempo. A veces pienso cómo habrá sido el abuelo cuando tenía mi edad (…) ¿Serían igual de monstruosos los monstruos del pasado?” El niño, avanza a partir de preguntas  e imagina a su abuelo cuando era niño, y su imaginación es tan potente que recrea posibles juegos compartidos: Trepar árboles, rasparnos las rodillas, tener callos en la palma de la mano de andar en bicicleta y sacar mojarritas de algún arroyo cercano para mirarlas a los ojos y devolverlas al agua. Las ilustraciones de María Canale, con un tono onírico, acompañan y enriquecen el universo de fantasía que construye el niño.


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Mis abuelos y sus universos

Conocí a mis dos abuelas y mis dos abuelos. Me siento afortunada por eso. Luciana, mi hija, sólo tiene a sus abuelas. Mi padre murió antes de que nacieran sus nietos. Y veo a mi madre coser rodilleras en los pantalones de Luliy responder preguntas con una calma que no es la de antes.



El universo de cada uno de mis abuelos me llevó a la escritura, no porque me leyeran ni me regalaran libros; ninguno de ellos lo hizo. Fueron su presencia y el modo en que se relacionaban conmigo. Con mi abuelo Pocholo -que se llamaba Washington- y parecía un galán de películas de cowboys, pero bajito, descubrí el gusto por el juego con las palabras.Era un humorista incansable. Su estilo consistía en tensar el lenguaje, combinar palabras hasta sacarles chispas y a mí carcajadas. Mi abuelo conoció a mi abuela Ludevinaen el Tren Fantasma. Ella se hacía llamar Luzdivina, porque quería tener algo de Dios en el nombre. Era bizca y estaba loca. Atrás de los lentes gruesos y verdes, sus ojos parecían dos bolas flotando en un frasco de laboratorio. La cosa es que entraron por el túnel oscuro, pasaron junto a una calavera que se balanceaba, los sorprendió una bruja riéndose, Drácula salió de un ataúd y, en ese momento, una tela araña rozó el hombro de mi abuela. Ella gritó fuerte. Se prendió a mi abuelo como una garrapata y se quedaron juntos para siempre. Con ellos aprendí que la realidad coquetea con la ficción. A diferencia de la imagen de las abuelitas que hornean pasteles y tejen con lanas esponjosas, mi abuela Luzdivina me perseguía con historias terribles sobre el demonio. Recuerdo el olor a querosene del primus que habitaba su casa, el juego de cubiertos que insistía que iba a regalarme el día de mi boda, las visitas a Doña Justa -su vecina- con quien me hablaba de las cosas que los niños no les pueden hacer a las niñas y me leían la biblia. A mí me daba mucho miedo quedarme a dormir en la casa de mi abuela Luzdivina, sobre todo cuando mi abuelo se iba a tomar una al boliche y me quedaba sola con ella. Pensaba que si se dormía unas sombras largas y bizcas podían atraparme en telarañas pegajosas, envolverme como un gusanito y llenarme de locura. Los cubiertos que guardaba para regalarme el día de mi boda podían salir disparados del cajón y clavarme a la cama, para que toda la noche se metiera en mi cuerpo. Pero mi abuela también era una superheroína que me salvaba de los rezongos y las palizas de mi madre. La convencía para que yo pudiera hacer todo lo que deseaba, una tarde me dio sus últimas moneditas para que comprara galletitas y armara un picnic en la azotea de la casa de Isabel.



Mi abuela Felipa era gorda y silbaba melodías cada vez que cocinaba. La época en que iba jardinera mi abuela Carlos pasaba a buscarme por la escuela y mi abuela lavaba mi túnica y la colgaba en la estufa a leña, cada vez que me hacía pichí porque me daba vergüenza pedir para ir al baño. Cuando llegaban mis padres a buscarme ya estaba sequita y manteníamos el secreto. El miedo en la casa de ellos venía los fines de semana luego de la siesta de mi abuelo Carlos. Para que hiciera caso mi abuela me amenazaba, decía: “si no hacés-pongan aquí lo que se les ocurra que un adulta quiere obligar a hacer a un niño- a tu abuelo se le paran los pelos y se trasforma. La cosa es que cada vez que veía aparecer a mi abuelo, con la camiseta blanca y todo despeinado después de la siesta, entraba en un mutismo lleno de obediencia. No podía entender cómo esa figura de pelos parados que aparecía en la penumbra de la tarde  era el mismo abuelo que me regalaba caramelos y me acariciaba la cabeza.

Los fines de semana nos reuníamos en  la casa de mi abuelo Pocholo y mi abuela Luzdivina, en Shangrilá. El abuelo era experto en asados, esa habilidad la consiguió después de toda una vida de obrero de la construcción. La abuela Felipa y el abuelo Carlos traían el postre y las bebidas. Y mis hermanas y yo jugábamos al sol abrazadas por sus murmullos y sus risas.



En la foto: la abuela Luzdivina y el abuelo Pocholoen su casa de Sahngrilá.


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Llenar los libros de sí

Estas son palabras dirigidas a todos los que estamos en la tarea de acercar libros a los niños. Madres preocupadas, padres insistentes, docentes aterrados, educadores paralizados, bibliotecarios sin tarea, tías opinólogas, abuelas indignadas, hermanotes sabiondos e inspectores generales de las direcciones mundiales del universo de la sabiduría infantil, tengo algo para decirles: ¡llenen los libros de sí!

Paso a explicarme:

Los caminos por los que un niño se aleja de los libros son diversos, es imposible ponerlos en una misma bolsa, queda en cada lector entender si estas palabras son para otro vecino. Muchas —¡muchísimas!— veces somos los adultos cercanos los que tenemos responsabilidades directas en ese distanciamiento o apatía lectora. Puede ocurrirnos como adultos que idealicemos un poco a los niños lectores: imaginamos un niño maravilloso que dócilmente va a dirigirse a libros que están editorialmente sugeridos para su edad, que se interesan por temáticas que están acordes con los intereses que suponemos adecuados para ellos, que querrán cuidar esos objetos de culto y tratarlos como hermosos tesoros valiosos... ¡y no de igual manera que la bolsa de ropa sucia que vuelve del club! Me he encontrado muchas veces en espacios en que los niños eligen libros, y mis oídos se erizan a menudo. Intentando ayudar, los adultos llenamos la mayoría de los libros de no. Ese libro no porque:  



_es muy corto;

_es muy largo;

_¡es muy mediano!;

_ este tiene muy pocas letras, es puro dibujo;

_¿este te gusta?, pero es como para bebés;  

_ah, no, este es muy violento —o muy para nenas, o muy para varones, o muy oscuro, o muy claro, o muchos impredecibles muuuy que se nos ocurren a los grandes—;

_¡otra vez de dinosaurios!, ya tenés muchos, eso te tiene que dejar de interesar;

_ese no porque vos no lo vas a cuidar —dirigiéndose a mí—, él no cuida los libros, por eso le compro unos medio medio, porque así no me preocupo;

_ese no me gusta porque no es divertido, un libro te tiene que entretener;

_ese no te enseña nada;

_este no me parece ¿Disculpe, señora, este tiene un mensaje en valores? (¡era un libro de pegotines!)

_es muy caro, necesito para cambiar el celular;

_es muy barato, debe ser de mala calidad.  



Aclaro: me encanta cuando los grandes están interesados en acercar libros a sus niños.

Les propongo: llenen ese tiempo de entusiasmo, de curiosidad.

Que elegir un libro sea un momento lleno de vida. Que elegir un libro esté lleno de sí.

El sí a los libros aparece cuando nos mostramos interesados por las elecciones que hacen nuestros niños, aunque no sea la que tenemos en mente, aunque nos parezca muuuy algo lo que eligieron.

Si no entendemos por qué nuestros pequeños gustan de determinados libros, una buena elección, antes de zampar una opinión no, puede ser sumergirnos en ese libro y así encontrar cuáles son esos lugares de fascinación. Si resolvemos que ese niño no va a irse con ese libro, con más razón dediquemosle un tiempo especial a exponer los motivos.

Y les propongo, por una cuestión de honestidad, que si van a definir ustedes adultos, qué libros son los que podrá seleccionar, tiene que estar claro desde el principio.

Es muy desmotivante para un niño que le digan que se elija un libro que le guste y que después tenga que pasar por una censura no avisada.

Que un niño sienta que los libros que le interesan no son los que sus adultos aprueban, puede intervenir en las decisiones lectoras a futuro.

Si van a definir la elección, propongo que esté claro desde el comienzo, con un vamos a elegir juntos un libro para vos, ya alcanza. El niño ya puede entender que no estará en juego solo su gusto lector.

Llenar los libros de sí, es decirle sí a los niños, a lo que ellos proponen. Esto no quiere decir seguir como veleta cualquier capricho, no quiere decir no acercarles los que nos parecen mejora para ellos, pero sí quiere decir dejarles espacio, que su camino lector sea ancho, lleno de gustos personales, de recomendaciones de sus queridos adultos y de curiosidades particulares que sean inesperadas para todos.

Llenar los libros de sí nos acerca a ser mediadores con mejor puntería.



Ilustración: Dasha Tolstikova 


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Las mamás también tienen sus misterios

Libros con mamás existen muchísimos. Casi todos. Las mamás abundan en la literatura infantil, ya sean animales, humanas o refpresentadas en madrastrastras. Pero, sólo algunos pocos las tienen como protagonistas. Y en esos, casi siempre, ellas son multifaceticas malabaritas, superheroínas que pueden ser frágiles. Comparto con ustedes, tres libros sobre mamás:



“Mi mamá”, de Anthony Browne. Fondo de Cultura Económica (2016)



"Mi mamá es linda" leemos en la primera página y la ilustración nos muestra una señora de pijama, despeinada y con una taza en la mano. Admirar su belleza no es lo primero que haríamos al verla, pero esa primera frase son las palabras de un niño que cuenta: "Mi mamá es linda" y nos lleva a descubrir la expresión de ternura y el brillo de las mejillas bajo el cabello revuelto y los corazones camuflados entre las flores de su pijama.



Anthony Browne pone a dialogar el texto y la imagen, logrando a través del contraste, la risa del lector. "Es una gran pintora/ y ¡la mujer MAS FUERTE del mundo!" Y allí la vemos maquillándose en una página y cargada con bolsas del supermercado en la otra.



Este libro es un homenaje a las mamás y su capacidad de metamorfosis, son: jardineras, hadas, ángeles, leonas, acogedoras, suaves, duras y podrían ser bailarinas o astronautas, estrellas de cine o jefas.



El final, no se los voy a contar. Solo les adelanto que puede provocar suspiros y expresiones de ternura.



El viaje de mamá, Mariana Ruiz Jonson. Kalandraka (2016)



Mamá elefanta se va de viaje. En su ausencia la casa ya no huele a flores, el cuarto de elefantito se vuelve grande y oscuro. Este libro, para los más chiquitos, devela la importancia y las habilidades de mamá a partir de su ausencia. Pero, también, descubre las de papá. La casa puede tener su encanto cuando huele a pies descalzos y a chocolate.



La fuerza de mamá/La fuerza de papá, Evelyn Aixalá, con ilustraciones de Denisse Torena. Colección Luna Nueva, loqueleo, Santillana (2018)



Se trata de dos libros en uno, con un juego en la doble página central que une ambas historias. De un lado, leemos el relato de una niña sobre su mamá y, si damos vuelta el libro, la contratapa se vuelve tapa, y descubrimos la historia de papá. En: “La fuerza de mamá”, esta niña, que nace llorando como todos lo hicimos, cuenta sobre su llegada a este mundo y sobre todo lo que puede hacer su mamá: "jugar a la pelota mientras barre la vereda y canta, o cambia una bombita al mismo tiempo que cocina y me ayuda con los deberes. Hace tantas cosas y está tan cansada que a veces se entrevera". Esta mamá pasa por todos los estados de ánimo sin dejar de mantenerse como ideal: "un día lo haré tan bien como ella". Las ilustraciones de Denisse Torena, cuentan en paralelo y transforman a esta madre en mona malabarista, libélula liviana, leona furiosa y osa que abraza.



"Me despide en la puerta de la escuela con un fuerte abrazo de koala, y yo la veo alejarse, linda como una de sus flores. No sé dónde va, pero ya sabés: las mamás también tienen sus misterios".



Bello final de este lado del libro. Ustedes pueden descubrir el otro.


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¡Cuidado! Este libro muerde

Había una vez un libro, y otro libro, y otro libro más, y muchísimos más libros que fueron considerados peligrosos desde el origen de los tiempos. Aún hoy hay libros que se siguen viendo como peligrosos e incómodos: una piedra en el zapato. En la literatura infantil y juvenil (LIJ) podemos encontrar gran cantidad de estos libros “inconvenientes”. Esa “inconveniencia” viene de la incomodidad que sentimos los adultos al hablar de determinados temas.



La LIJ es la Cenicienta de la literatura y siempre le estamos exigiendo que sea didáctica, que transmita valores, que entretenga al niño, que le enseñe la importancia de lavarse los dientes, que tenga ilustraciones en colores pastel, que tenga un final feliz. Pero olvidamos un detalle fundamental, exigirle que sea LITERATURA, que sea una obra de calidad artística. Los niños tienen derecho a acceder a este tipo de material, y saben diferenciar lo que es arte de lo que no lo es. Al seleccionar, no los podemos subestimar, debemos ofrecerles variedad y calidad para que puedan decidir qué quieren leer.



Los adultos (padres, docentes, bibliotecarios) somos los responsables de acercar los libros a los niños, pero hacemos la selección con nuestro marco ideológico, con el concepto de infancia que manejamos y las expectativas que ponemos en los libros para niños.

Cuando elegimos, dejamos afuera aquellos libros que nos resultan incómodos, que hacen preguntas para las que no tenemos respuestas, que nos interpelan, que nos inquietan, que nos mueven el piso. Desde una perspectiva de infancia inocente tratamos de evitarles (o evitarnos a nosotros, los mediadores) temas como la muerte, la violencia, la sexualidad, la guerra, la enfermedad, los conflictos familiares, las drogas, la desnudez, las “malas palabras” y lo escatológico.

Con esta actitud olvidamos que todos los lectores, incluso los niños, hacemos lecturas diferentes de cada obra, percibimos sólo lo que estamos preparados para entender, lo que de alguna manera en lecturas anteriores fue formando parte de nuestro camino lector. Es importante recordar que en la literatura no todo está dicho, hay huecos que tenemos que completar, simbolismos que nos ayudan a comprender la vida. Si hay algo que el niño no entendió, lo puede preguntar y ¿qué mejor que un mediador preparado para dar respuestas? ¿qué mejor que compartir la lectura entre niño y adulto?

Estos temas no son ajenos al día a día de los niños. Nos negamos a compartir libros como Rosa Blanca de Roberto Innocenti, Cuando Hitler robó el conejo rosa de Judith Kerr o el General extranjero de hojalata y la vieja dama de hierro de Raymond Briggs, ya que hablan de la guerra, pero en la tele, las redes sociales y los grupos de WhatsApp circulan los videos de los ataques a Siria.

Vetamos El topito Birolo y todo lo que pudo caerle en la cabeza de Wolf Erlbruch, a Rey y Rey de Linda de Haan y Stern Nijland, Tres con tango de Justin Richardson y Peter Parnell, El vestido de mamá de Dani Umpi o La cocina de noche de Maurice Sendack, pero cenamos mirando el último reality de danza con bailarinas semidesnudas. Queremos protegerlos de la muerte censurando El pato y la muerte de Wolf Erlbruch, La abuelita de arriba y la abuelita de abajo de Tomi De Paola, Sapo y la canción del Mirlo de Max Velthuijs, pero en los informativos nos muestran la sangre de los accidentes o el cuerpo de la víctima del día. No debemos temer al contenido de los libros. Si son de calidad artística no subestiman al niño ni pierden el valor literario. Pero hay que ser valiente y estar preparados para discernir qué es lo que tenemos entre manos, un panfleto que intenta transmitirnos “valores” o una obra literaria.



Si se animan a abrir y compartir algunos de estos libros “inconvenientes”, verán que en la LIJ de calidad se puede disfrutar sin peligro de ser mordidos por un terrible libro.



Ilustración: "El pato y la muerte", Wolf Erlbruch

 


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Errar es divino

En Un libro lleno de errores de Corinna Luyken -autora estadounidense del texto y las ilustraciones- se demuestra cómo es posible aprovechar lo que en un primer momento parece un error para construir una historia que cala hondo. El libro es un álbum ilustrado de tapa dura cuya primera ilustración es el contorno de una cara con un pequeño ojo y una nariz. Cuando la ilustradora dibuja el otro ojo le sale más grande que el anterior, así que intenta arreglarlo, pero quedan diferentes, y solo consigue disimular la falla agregándole un par de lentes que los disimula.

Ese es solo el comienzo de una serie de errores que son aprovechados para cambiar el rumbo de la historia y sobre todo la perspectiva, como si en definitiva los errores fueran una manera diferente de ver las cosas: un cuello más largo de lo que uno esperaría con una gargantilla no parece tan largo, un animal mezcla de gato y vaca, manchas en la hoja que se vuelven hojas que el viento arremolina, una mancha de tinta en la cabeza de la protagonista que se vuelve un gorro muy especial.

A medida que continua el relato el punto de vista se aleja para hacer parte a la niña -que venía siendo el centro- de una ilustración más grande donde la sucesión de errores establece un diálogo, para dar idea de que todo es posible, incluso que todo lo que venimos mirando de muy cerca sea un pequeño detalle de un dibujo mucho mayor.  Sumemos a todo eso el guiño hacia una historia que se repite infinitamente y que nos recuerda al niño que fuimos, que sonreirá en silencio mientras pasa las páginas en el cuerpo que le toca ahora. Vuela la imaginación en esta joyita llena de errores.



Un libro lleno de errores, Corinna Luyken, Lumen, 2017.

ISBN: 978-84-488-4909-2


 


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Los afectos en la historia del lector

“Un buen libro es capaz de quedarse en nosotros, como se quedan las personas que amamos”



María Teresa Andruetto (2015, La lectura, la otra revolución)



Desde el momento en que se recibe la noticia de que un niño va a nacer, se inicia su encuentro con la literatura y así comienza ese recorrido de palabras e historias que dependerá en gran medida del modo en que el adulto vincule al niño con los libros.



La literatura es el arte de la palabra, pero la palabra no necesariamente está en los libros, está en una historia narrada, en una canción de tradición oral, en los juegos que se escriben en la piel, como en el tradicional juego de dedos: “Este dedo encontró un huevito…”.



Es en la infancia donde se comienza a construir una relación afectiva con la lectura, una relación que también es psíquica y cognitiva, porque al leer cada ser va conformando su pensamiento y también va ampliando su conocimiento. La cercanía con el adulto mediador es fundamental para fortalecer esa relación, porque leerle un libro a un niño es un acto de amor.



Así como el bebé necesita de alimento, de descanso y de caricias, también necesita de palabras que le indiquen cómo es el mundo y cuál es su lugar en él. Cuando el bebé llora porque tiene sueño es el adulto es quien comienza a responder a este llanto. Lo abraza, lo acuna y también lo acompaña con la palabra, lo arrulla con una canción de cuna para que pueda dormir, de esta forma le trasmite: “Estoy aquí, me importa lo que te sucede, te abrazo, te quiero”. Al compartir palabras cantadas, leídas, rimadas con cada bebé y niño, estamos otorgándole el alimento fundamental para la construcción como ser humano.



El haber podido compartir historias con sus seres queridos, el haber escuchado relatos de la tradición oral, canciones y poemas, incidirá en el ingreso al mundo de los libros. La literatura nos permite abrir puertas hacia fuera pero también hacía dentro de nuestro mundo interior. Desde la imaginación descubrimos situaciones, emociones y lugares entrelazados con palabras que nos conmueven y perduran en nosotros.



Patricia Correa, socióloga, maestra y bibliotecaria colombiana, afirma que si consideramos que los primeros años de vida son definitivos para el desarrollo de cada niño y que para ello el lenguaje cumple un papel fundamental, los adultos referentes tenemos la obligación de ofrecer ambientes y estímulos significativos para ellos.



Considero que el concepto de adulto referente, incluye a todos los adultos que están cerca de un niño. Cada uno de nosotros conserva en la memoria una serie de cuentos favoritos basados en experiencias y anécdotas personales provenientes de la propia infancia. Compartir esas historias con los niños, o simplemente intercambiar algún suceso cotidiano, nos permitirá conversar con ellos.



Cuando el niño crece, y comienza a hablar sobre sus lecturas, escucharlo es fascinante. Si esta situación se da entre dos o más niños, ser espectador de ese intercambio, resulta reveladora y deliciosa. Justamente los buenos libros motivan la conversación sobre las propias lecturas, porque cuando un niño o un adulto se encuentra frente a una pieza única: una obra musical, una pintura, una escultura, un poema…en definitiva, una obra de arte, se genera un movimiento interno que maravillosamente nos emociona.



Nadie se hace lector solo, porque los momentos importantes como lectores, están relacionados con personas que queremos y recordamos con afecto. Porque cuando algo emociona, se disfruta y siempre se querrá compartir con las personas más cercanas. Y así se deseará repetir la experiencia.



Ilustración: Anthony Browne


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Nube con forma de nube

Nube con forma de nube 

Hay pocas cosas en la infancia tan hinchadas de sentido como las nubes. Pedacitos de algodón de los que irán apareciendo formas y figuras, diferentes para cada observador: “Nube con forma de nube, nube que nadie miró”. Cecilia Pisos lo sabe, y lo trabaja a través de una serie de poemas breves, de ritmo preciso y sin rima. Una nube en un frasco para enseñarnos cómo se hace la lluvia, una caldera como una máquina de hacer nubes, la nube ensombrecida, que levanta el ánimo cuando sale el sol, la nube negra sobre fondo blanco, la nube blanca sobre fondo negro: la mosca blanca, la oveja negra. Hay lugar, por supuesto, para los juegos de palabras, esas palabras que, como las nubes,  parecen una cosa pero pueden ser otra.

Con el tono de un niño que se pregunta qué hay detrás de esas maravillas que flotan, la autora nos devuelve la curiosidad de los años en los que todo era mirar al cielo, y nos recuerda esas preguntas que nos quedaron sin contestar:

Las nubes

te lo han dicho

gota a gota.

¿Ha quedado este cielo

lo suficientemente claro?

Diego Bianki, que también sabe volverse niño, con tonos opacos recrea una serie de animales antropomórficos, lluvias de todos los colores, caballero y gigante, a partir del uso de tres colores básicos: azul, blanco y rojo, con una estética que recuerda a los libros clásicos, pero que huele a nuevo. Una delicada edición en tapa dura, para ir y volver, hasta que se desate la lluvia.



"Nube con forma de nube"

Poesías: Cecilia Pisos. 

Ilustraciones de Diego Bianki.

Editorial: Faktoria K de libros

ISBN: 978-84-16721-03-0


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